jueves, 2 de junio de 2011

Seguridad, Un ensayo


Seguridad. La vida gira en torno a la seguridad.

Seguridad en uno mismo: nos genera éxitos, gloria, fama, poder, y también logros emocionales, satisfacciones, decisiones bien tomadas y beneficiosas, en fin, centenares de ventajas ante lo contrario, lo nocivo: la falta de seguridad en uno mismo.



Seguridad vial: hoy en día, vivimos en una civilización, al menos en esta porción del supuesto occidente, sumamente motorizada: autos, camiones, colectivos, motos, bicicletas y demases circulan y recirculan un enorme entramado de avenidas, calles, rutas, etc. Se demanda, o implícitamente, se exige un comportamiento seguro para no recurrir en accidentes que pongan en riesgo nuestra vida. Muchas muertes son producto de la falta de seguridad vial.



Seguridad civil: "Hoy te matan por dos pesos" es la frase de cabecera de más de miles de argentinos y , seguramente, con sus variantes, resonará en muchas partes del globo. La violencia se instaló en las calles desde épocas inmemoriales. Antes se incendiaba supuestos herejes, posteriormente se torturaba y desaparecía militantes de izquierda, hoy por hoy, nadie esta a salvo. La delincuencia se ha tornado cada vez más violenta y es, lamentablemente, hoy en día, uno de los mayores productores de muerte en la humanidad. Día a día surgen diferentes reclamos: más seguridad! Estamos inseguros! Nos están matando! Por favor, cuídennos! Por otro lado, también la seguridad civil repercute en la exclusión: gente sin trabajo, pibes que se mueren de desnutrición, indígenas que pierden sus tierras, porciones del pueblo enterrados en el olvido. Ellos también son víctimas de la inseguridad. Todos lo somos. Nadie se salva, por más vidrios blindados o sueldos ricos que tengan/tengamos.



Seguros de vida: En este "hermoso" sistema de producción capitalista, uno puede, siempre y cuando su situación económica lo respalde, invertir en una póliza de vida. ¿Qué quiere decir esto? Depositamos una cantidad x de dinero por mes en una empresa, que dicho sea de paso en estos tiempos que corren llenos de temor y vértigo no les va nada mal, y, una vez que pasamos a una mejor vida, o por lo menos eso se dice, una suma de dinero acordada anteriormente, si si, leen bien, nuestra vida se cotiza en billetes!, se dirige hacia la familia del fallecido. Obviamente, todas tienen cláusulas, restricciones y diferencias, pero en general se basan en lo anteriormente descripto. Es un método que mucha gente adopta hoy en día para brindarle seguridad a sus familias una vez que ya no pueden aportar económicamente al hogar.



En fin, podemos estar horas desarrollando diversas ramificaciones del término seguridad, que básicamente, en contextos variados, se refiere a la ausencia de riesgo o también a la confianza, tanto en uno mismo, en algo, o en alguien exterior(1). Lo que sí podemos estar seguros de concluir es que esta idea se esparce por toda la vida humana regulando absolutamente todos sus aspectos. La seguridad nos controla, nos domina, marca nuestros pasos. Podría arriesgarme a decir que la idea de destino es igual a la idea de seguridad. Ella es nuestra mejor guía, como también puede ser la peor. Sin seguridad, no hay nada. La seguridad que tienen que tener los/as parteros/as para dar a luz a todos los seres humanos nacientes. La seguridad de la enorme economía productiva que tiene que sostener un complejísimo entramado de redes y relaciones de poder en una actualidad tan mercantilizada y bursátil. La seguridad a la hora de tomar decisiones, ya que si dudamos, por un segundo, podemos sufrir terribles represalias.



Siempre debemos estar seguros de lo qué hacemos, y muchas veces, yo diría la mayoría, no lo estamos. Es más, yo no estoy realmente seguro de lo que estoy escribiendo en estas líneas. Ni siquiera estoy absolutamente seguro de quién soy qué soy, de si en verdad vivo la vida que vivo, en este país y en este planeta.¿Usted, está seguro/a? ¿De qué, o de quién, están seguros ustedes?

Cita:

(1): Definición pedida prestada de http://es.wikipedia.org/wiki/Seguridad.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Tiempo perdido...




Creo que elegí el momento oportuno para escribir acerca de lo sucedido en los últimos meses ,sin embargo, aún no me siento preparado. Los hechos se encuentran aún desordenados en mi mente. Vislumbro aquellos sucesos desde una perspectiva lejana, nebulosa, como si no me hubieran ocurrido a mí y los hubiera oído de alguna conversación de extraños en el subte. Pese a todas estas dificultades que menciono, no revocaré mi decisión y continuare expulsando estas líneas.

En el momento en que me preparé mi café bien cargado, encendí mi tercer cigarrillo del día y me senté en mi antigua Remintong, decidí transmitir mi historia a los demás. De esta forma podría respirar más tranquilo. Necesito liberarme de esta terrible sensación que aún no puedo definir. No sabría decir si es culpa, remordimiento o temor. De lo que estoy seguro es que necesito gritar los hechos a diestra y siniestra para liberarme de estos tenebrosos fantasmas. ¿Por dónde empezar? Intentaré viajar hasta el comienzo y esbozar la historia por completo. Paso por paso.

El primer recuerdo que se me viene a la mente es el de un joven, de mediana edad y corta estatura, el cual crucé por los pasillos de la redacción del diario en el cual trabajo. Después de difundir esta historia, espero continuar allí. En fín, no quiero irme por las ramas. El muchacho en cuestión, jamás había aparecido por ese edificio, o al menos nunca antes se me había materializado frente a mis ojos. Me lo encontré en medio de uno de mis rallys cotidianos que consisten en un recorrido desde la casilla en donde redacto las notas de política hasta la oficina del Jefe de Redacción. En general, mi trayecto es bastante acelerado, por lo tanto si algún ser humano osa con cruzarse en mi camino, pobre de él. La cuestión fue que este sujeto, sin intención alguna quiero suponer, no solo supo entorpecer mi andar, sino que chocó de frente a mí, de manera brusca. Al impactar, ambos despedimos las hojas que teníamos en nuestras manos, y volaron por los aires.

La puta que te parió pibe!! Recuerdo haberle gritado. Toda la oficina entera se volteó a mirarnos.
Pe...pe...perdón señor, no fue mi intención, disculpe. El mocoso fue muy formal, demasiado para mi gusto.
Se, se, todo bien, pendejo, déjame pasar. Le dije hablando en un tono bastante grosero.

Todos continuaban mirándonos. No se si es característico de todas las oficinas la curiosidad y el chismoseo barato. Por lo menos dentro de nuestra redacción, aquellas cualidades se encuentran a la orden del día. Viejas tristes y Setentones con problemas de próstata refunfuñando a mis espaldas. No me importó. Abandoné a aquel púber empapado de vergüenza juntando papeles del piso, y nota en mano retomé mi carrera diaria rumbo a la oficina de Romualdo, mi Jefe. Aquí es dónde mis historia se empieza a nublar.

La nota fue corregida, de eso no hay dudas. Romualdo me dijo que la publicaríamos en quince días. Al día veinte aún la estoy esperando, pero aquel no es el meollo del asunto. Lo turbio de mis recuerdos comienza aquella noche, cuando terminé mi jornada laboral y me dispuse a retirar mi auto del estacionamiento. Habíamos acordado con mi esposa, Claudia, que nos encontraríamos allí para ir juntos al cine, ya que ambos trabajamos relativamente cerca. Mi querida esposa se encarga del Departamento de Prensa del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el cual defenestro día a día a través de mi pluma de periodista. Se ve que es cierto aquello de que los opuestos se atraen. Volviendo al eje de mi relato, recuerdo que aquella noche, alrededor de las nueve, llegué al estacionamiento y mi auto no estaba allí. Desesperado, llamé a mi compañía de seguros, reportando que me lo habían robado. Mediante obsoletos métodos de rastreo y demás artilugios intentaron algo utópico: encontrar su paradero. Por suerte, aún hay veces que mis prejuicios flaquean y al poco tiempo me llamaron dándome la buena nueva: mi auto se encontraba en perfectas condiciones y se ubicaba en la calle sin número, entre Carlos Gardel y Florida, La Cava. Perfecto, dije, no queda más que ir a buscarlo. En aquel momento no me percaté de lo que estaba pensando. Meterme en una villa miseria no era algo que podríamos definir como una tarea sencilla. De todos modos, siempre tuve cierto perfil de héroe en mi interior, y con el objetivo de romper con los prejuicios de la mayoría, decidí ir esa misma noche a buscar mi auto.

Allí mi memoria se rompe. Como la cinta de un cassette de los antiguos cuando se estropea y la película va perdiendo nitidez hasta que gradualmente se convierte en rayas. Muchas de ellas, verticales y horizontales. Oscuridad. Negro.

En el siguiente recuerdo que considero que encaja con posterioridad, me encuentro manejando mi auto. Por lo tanto, supongo que mi aventura por el asentamiento marginal fue satisfactoria. O por lo menos no había ninguna imagen en mi memoria que me haga titubear. Recuerdo que iba por la General Paz, con Claudia en el asiento del acompañante, y escuchando la historia de un nuevo compañero que se había sumado a su trabajo. Me lo describió como un hombre, entre veinte y veinticinco años, algo retacón y bastante torpe. Al instante asocié su identikit con el imbécil con el que me había chocado en la redacción días atrás. ¿Sería el mismo? Esbocé preguntas intentando determinar si alguna vez había pisado mi lugar de trabajo, a lo que mi esposa contestó de manera negativa. En mi recuerdo sigo manejando e intento no caer en un arrebato de furia, ya que el tránsito era insoportable para cualquier mortal. Justo antes de aproximarme a la salida que debía tomar, suena mi celular. No suelo atender mientras manejo, pero era mi jefe, Romualdo. Supuse que era algo importante, así que lo atendí.

Comenzamos a hablar y lo notaba muy asustado. Demasiado intranquilo. Jamás lo había oído así antes. Las palabras se tornan murmullos y vocablos inentendibles en mi proyección mental. La neblina comienza a rodear las imágenes y las únicas palabras que logro retener son dos: Seguro y Mierda.

El siguiente recuerdo es quizás el más doloroso de mi vida. El funeral de mi esposa. NO SE POR QUE CARAJO NO PUEDO RECORDAR CÓMO MURIÓ! Me desespera! Día a día me tortura no saber que pasó y encima de todo, no poder contar con nadie que me lo aclare! Todos me toman de psicópata, de loco. ¿Creen que soy un desquiciado verdad?, cuando lo cierto es que no puedo recordar nada previo a su entierro. Le pregunté a todos mis compañeros de trabajo, a mis amigos, a sus compañeros de trabajo, a su familia, a la mía y todos me respondieron de la misma forma: No podés ser más hijo de puta.

Cuando pensaba que ya nada podría empeorar las cosas, y ya había perdido la cuenta de la cantidad de pañuelos que había gastado, cinco patrulleros, o quizás más, estacionan en el lugar. Todos rodean la funeraria dónde estábamos velándola. A través de la ventana lograba verlos. Recios y uniformados, pistola en mano, corriendo cual manada de manera caótica.

Al ingresar al lugar, uno de ellos grita: Gabriel Sarmiento! Gabriel Sarmiento!
Soy yo.. Dije en un susurro apenas audible.
Queda detenido por homicidio agravado por el vínculo. Nos llegó una denuncia en su contra y hay pruebas demasiado sólidas cómo para que lo larguen. Ya lo saben todos Sarmiento, nos va a tener que acompañar.

Hasta allí relate los hechos de la manera más fidedigna posible. Aquello es lo que logro recordar, más no puedo. Hoy me encuentro en mi casa, pero por poco tiempo, Mi abogado logró que me liberen hasta la hora del juicio. Mañana me toca ir a tribunales y todos dicen que mi culpabilidad es tan evidente que ni un ejército de hombres de leyes podría sacarme. Ni siquiera reducir mi pena, o soñar con prisión domiciliaria.

En este momento no me importa la cárcel. No le temo. Rescribo esta historia una vez más, esta vez en papel, y me hago otra vez la misma pregunta: ¿Por qué mierda no logró recordar nada de lo que pasó con mi mujer? ¿ Y por qué los otros recuerdos partidos? ¿Tienen acaso algo en común? No me entra en la cabeza la idea de que maté a mi mujer. Yo jamás mataría a nadie, y mucho menos a la mujer que amo! Por alguna razón mi mente no logra encastrar las piezas de este rompecabezas, y todo este asunto carcome mi existencia. Mañana será mi fin. Me esperarán esposas y grilletes. Jamás me soltarán.

Siento que no sirvió de nada escribir mi historia. Creí, en un principio, que transcribirla en palabras me ayudaría a decodificar mis recuerdos, pero no fue así. Jamás logré reconectar nada. Las nebulosas siguen apareciendo, y no se si los baches no se agigantaron aún más. Ahora me toca ordenar un poco la casa, y despedirme de mis seres queridos, aunque ya no creo que me quede ninguno.

Al ordenar mi escritorio encontré algo que tal vez podría ayudarme. Quizás sea valioso volcarlo a estas páginas. Encontré un sobre de papel madera, con mi código postal y dirección, pero sin remitente. Contiene unos recortes de diario de los últimos meses. Están algo amarillentos, pero debe ser por lo guardado. Paso a transcribir tal cual los estoy leyendo, los titulares de estos retazos de periódico. También encontré una hoja que parece arrancada de algún libro de psicoanálisis, o algo por el estilo. En fín, esto es lo que encontré en el sobre:


HORROR EN VILA LA CAVA : INCENDIO DESTRUYE CASI EN SU TOTALIDAD EL ASENTAMIENTO Y DEJA MILES DE MUERTOS Y HERIDOS.

La policía no descarta que haya sido intencional. Al investigar el lugar, los peritos hallaron pistas que incriminarían a un hombre cuyo auto habría sido substraído y llevado hasta la villa miseria. El auto se encuentra desaparecido y su dueño, aún prófugo.

CRIMEN PASIONAL EN VILLA SOLDATI: MUJER Y AMANTE SON BRUTALEMENTE ASESINADOS.

Claudia Rígoli, de 45 años, y Martín Balmaceda, de 23 años, fueron asesinados de múltiples puñaladas en la noche de ayer, en el barrio de Once. Se habrían encontrado pistas que dejarían en claro que el autor material del hecho sería el esposo de la mujer, Gabriel Sarmiento, de 47 años de edad, implicado también en el incendio de la Villa La Cava.

Sí aún continúo respirando es de milagro. No sin antes decir que jamás deseé tanto morirme como en este momento, paso a transcribir, por último, el fragmento del libro que acabo de leer. ¿Habrá sido un viejo enemigo quién depositó esta información en mi escritorio...

...el trastorno de identidad disociativo es un diagnóstico controvertido descrito como la existencia de una o más identidades o personalidades en un individuo, cada una con su propio patrón de percibir y actuar con el ambiente. Al menos dos de estas personalidades deben tomar control del comportamiento del individuo de forma rutinaria, y están asociadas también con un grado de pérdida de memoria más allá de la falta de memoria normal. A esta perdida de memoria se le conoce con frecuencia como tiempo perdido o amnésico....

...o lo habré hecho yo?

FIN

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Tu importancia, la mia y la nuestra...


. A veces soy importante, a veces no.
. A veces fui importante, a veces no.
. A veces seré importante, a veces no.
. A veces sos importante, a veces no.
. A veces eras importante, a veces no.
. A veces serás importante, a veces no.
. A veces somos importantes, a veces no.
. A veces éramos importantes, a veces no.
. A veces seremos importantes, a veces no.


¡Qué maldad la del “juzgado de turno” cuando juzga nuestra importancia! Porque en realidad no somos importantes a veces, sino SIEMPRE, y son muchas las circunstancias en las que no lo vemos. Abundan los momentos en que no lo sentimos. SIEMPRE SOS IMPORTANTE. Cambiá de enfoque y lo vas a ver con claridad.

Una ladina hoja de papel...


En este cuaderno vuelvo imágenes, sentimientos, sensaciones, olores, gustos. También expreso disgustos, malestar, disconformidad, desdicha. ¡Qué valioso resultan un par de hojas en blanco para ciertos momentos de descarga emocional! A veces pueden volverse tus mejores aliadas, pero CUIDADO: otras, pueden transformarse en tus peores enemigas. Te recomiendo que aproveches los momentos en los que el papel y la cabeza aparentan cierta alineación. Digo aparentan porque nunca esta relación es absoluta. Desconfiá del papel! Puede traicionarte sin previo aviso.

Una linda forma de justificar el "no hablar al pedo"

¿Porqué tengo que hacerte caso? ¿Quién sos vos para venir a decirme lo que debo hacer? Sí, ya se que fui yo el que te pidió consejo, pero al fin y al cabo, ¿Cuál es el criterio que te vuelve más sabio que yo? Es obvio que no me vas a entender, tampoco pretendo que lo hagas, pero pensá por un instante qué fue lo qué nos trajo a estar sentados hoy los dos hablando de esto. Un problema mí podrás decirme. Yo creo que eso es una mirada un poco egoísta. Por algo estamos acá los dos. Los motivos nos traspasan, pensamos conocerlos pero, en realidad, nos son ajenos. Si la cagada que me mande tiene solución o no queda en segundo plano.
Mirálo desde una perspectiva más lejana: ¿Es valioso que distingamos si esta charla es necesaria o es un proceso banal e inservible? Un hombre más sabio que nosotros dos, y qué ya había pasado por esta situación, una vez me dijo: “En ciertos casos, la palabra más valiosa es el silencio”.



"Esta necesidad mía de decir mucho con poco, proviene de una cierta alergía a la "inflación palabraria", que es como, en el mundo español que de ahí viene, creo, una manía de palabrearlo todo. Y a una valoración del silencio, quizá el lenguaje más hondo, más profundo de todos. Es muy difícil competir con el silencio"

Lo dijo Galeano gente. Tratemos de decir más y de hablar menos.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Corramos!!



Chicos corriendo cual manada en plena Avenida Corrientes. Montones de ellos, salen de entre las baldosas, de las alcantarillas. Están en todas partes! Edades aproximadas: no más de trece y no menos de diez años. Centenares, miles, cada vez son más. Ocupan toda la vereda y nunca dejan de correr quien sabe a donde. Las demás personas que transitaba por allí se desconciertan y se enmarañan junto con ellos. No les queda otra salida que sumarse a la corriente: la única forma de escapar es corriendo. Comienzan a correr.

Todo el mundo corre sin saber porqué. Todos hacia un mismo rumbo qué solo algunos conocen, o quizás ninguno de los corredores urbanos lo sabe. Todo causado por un manojo de crios que iban cual gacelas en plena urbe de concreto.

La gente desborda las aceras y llega a las calles. Los autos se encuentran bloqueados por estas personas y no vislumbran salida alguna. Mejor dicho, si la ven clara como el agua: deben bajarse de sus autos y acoplarse al rebaño. También corren. Todos corren sin pausa, sin freno, sin parar.

Mejor dejo de escribir y me sumo a ellos. Corramos. No importa el por qué. Corramos y no paremos.




"Corra Pueblo y deje huellas!"

jueves, 11 de noviembre de 2010

Esto es una pérdida más de tiempo...


Hoy tomé mi tiempo y lo hice propio. Lo volví único. Era sólo mío y de nadie más. Lo perdí por completo, fui un idiota. Lo prendí fuego. Se me fue. El tiempo se fue y ya no va a volver. En todo ese lapso arruinado de minutos y segundos que corrían y corrían sin parar, hice muchas cosas. Ninguna de un valor sumamente profundo. Nada cambió. Todo permanece tal cual estaba. No hubo modificaciones. Mi ánimo se conservo tal cual estaba al principio. Mi humor, mis pensamientos, mi forma de pensar y de ver la vida. Nada sufrió modificaciones.

Perdí mucho tiempo hoy. Dejé para hacer después muchas tareas que podría haber adelantado. No me importó en lo más mínimo. Tal vez estaba empantanándome en un inmenso fango del que quizás nadie podrá sacarme jamás. Ni me mosquié.

Los segundos volaron en el día de hoy. Hice cosas sin sentido, consumí chatarras visuales, desplacé sonidos en el viento que no hilvanaron ninguna melodía consistente, pero que me saciaron por unos momentos. Me entretuve con la caja boba, o mal llamada por algunos, Televisión. Nada nuevo, más bien, refritos y vueltas de página. Me dio lo mismo verla encendida que apagada.

Por supuesto que algunos de mis pensamientos del día de hoy valieron la pena. Siempre hay personas importantes por las cual vale la pena luchar, pensar, y replantearse metas y objetivos. Sin embargo, estas cuestiones no vienen al caso. Podría haber aprovechado mi tiempo aún más, lo habría exprimido tanto que la temporalidad se habría diseminado de manera perfecta, permitiéndome hacer todas aquellas actividades que abandoné en el día de la fecha.

Hoy mi reloj no sirvió de nada . Podríamos decir que casi no lo mire. Ni siquiera le di importancia. Me olvide de todo y de todos. Responsabilidades: sí. Urgencias: no. Preocupaciones: sí. Miedos: sí. Emergencias: no. Eso me alivia.

Me pregunto para terminar: ¿Realmente perdí tanto el tiempo como me cuestioné en un principio? Será orgullo u optimismo, llámenlo como quieran, pero prefiero pensar que no. No quemé mi tiempo, solo lo manipule y lo adapte a mi estado de ánimo actual. Aquí y ahora, así debió ser. No hay planificación alguna que valga.